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Fragmento N°1

«Lee la historia de El Llamado del Ocaso a partir de aquí, espero lo disfrutes, buen viaje. Si eres nuevo en la historia, te sugiero visitar previamente la sección «¿Cómo Leer?» para sacar el máximo provecho de la lectura.

El efecto prologando del sol despierta sensaciones confusas en el cuerpo de un hombre. La exposición prolongada genera fastidio en una fase temprana, similar al que genera una mosca al revolotear alrededor, luego uno no comprende si es el calor abrasador o una fiebre interna lo que comienza a generar un malestar que distrae al vigía de su labor.

Para colmo, estaban abandonando las Antillas, y la brisa que suele recorrer los recodos y orillas de las islas e islotes abriéndose pasos entre la vegetación costera , dio paso al mar abierto, interminable, y para mal de Coise, que se encontraba en la cofa cumpliendo su ronda, también dio paso a la calma. Fue como si alguien obstruyera el fuelle que les brindaba esa adictiva y ocasional, pero refrescante brisa.

Lo que inquietaba al capitán Gregor, es el cansancio que culmina al final de una ronda de guardia en el palo mayor, el agotamiento genera que los hombres se distraigan, que quieran hacer lo posible para cumplir su turno y descender a reposar para que otro marinero asuma la guardia. Necesitaba que Coise estuviese alerta, ya que su situación no era la mejor de todas.

Después de 7 meses guerreando y pillando en las Antillas, la corona española le había puesto un precio a su cabeza, a la cabeza de sus hombres, y a su barco. Hubiese preferido hacer los preparativos necesarios para partir, pero la codicia le jugó una mala pasada, y la búsqueda de una nueva víctima los hizo estacionarse mas de lo requerido en esas aguas.

Su plan era regresar con su último botín al páramo (así le decían sus hombres a la bahía escondida detrás de bancos de arena y ciénagas, que usaban para repostar) recoger el fruto de esos 7 arduos meses y llevarlo al enclave que poseían cerca de Ozouri, en la costa occidental de África.

Pero sus cálculos no contemplaron que el opulento de Felipe III declarara la guerra a las provincias unidas, Inglaterra y Francia, luego de 12 años de paz. Para su pesar, él no era completamente inglés, era mitad escocés, pero su tripulación era una maraña de ingleses, franceses, e incluso algunos de sus hombres eran provenientes de la región del puerto de Naarden.

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Fragmento N°302

Te encuentras leyendo la segunda parte de El Llamado del Ocaso, titulada: El Filo del Tiempo

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Al oír las palabras del niño, Favre se sacudió por dentro. Haciendo caso omiso a la reacción del galo, Mnyma volteó y continuó su camino, girando en la puerta que llevaba en dirección al cuarto que habían improvisado para Elizabeth.

Favre quedó un instante inmóvil, la noticia lo había impactado pero rápidamente reaccionó y corrió detrás del niño para seguirle el paso.

Al llegar al umbral de la habitación divisó a Edahi, Umbukeli y Jameson junto a la puerta.

Edahi encogió sus hombros diciendo: —Fausto nos ha indicado que debemos aguardar afuera.—

Al ver al galo aproximarse, Jameson enderezó su cuerpo e hizo una pequeña reverencia diciendo:—Capitán.—

Antoine inclinó su cabeza en señal de afirmación, aún no se acostumbraba a que el oficial holandés lo saludara formalmente.  

Al poco tiempo de haberse establecido en Jamestown, toda la tripulación, incluyendo a los holandeses que ahora formaban parte del grupo, habían realizado una votación para decidir quién los lideraría.

De manera unánime, Favre fue designado como el sucesor de Gregor, en gran parte gracias a la influencia de Jameson sobre los holandeses restantes.

Mientras el galo observaba el cuerpo rígido de Jameson, algunas voces provenientes del interior, mezclados con gemidos de esfuerzo, llegaron a ellos.

Antoine dijo:—Afortunadamente soy capitán y no debo seguir órdenes del médico a cargo.— mientras sonreía y se internaba en la habitación dejando al resto afuera.

Al ingresar, notó un olor particular que impregnaba el aire mientras avanzaba, con cada paso el olor se hacía cada vez más intenso. Era  una especie de almizcle que se confundía con el olor a licor.

Las dimensiones estrechas del depósito que rentaban, habían provocado que algunos toneles de licor fuesen almacenados en la habitación de Elizabeth ante la falta de espacio. Ahora algunas velas encendidas, permitían ver una pila de barriles contra una de las paredes. En cuanto pudieran, llevarían el licor hasta las bodegas del comprador para liberar espacio.

Sobre la litera que ocupaba el extremo opuesto a los barriles, se encontraba Elizabeth. Respiraba de manera acelerada, con su rostro enrojecido y cubierto de sudor. Igualmente logró percatarse que él se aproximaba y lo observó durante un instante antes de abstraerse nuevamente.

En la cabecera junto a ella, se encontraba Arthur sosteniendo su mano.

Fausto yacía arrodillado al pie de la litera, también percibió que el galo había ingresado. Sin observarlo, dijo:—Llegas justo a tiempo, está comenzando el trabajo de parto.—

Mnyma se aproximó diciendo:—El agua caliente y el vendaje se encuentran sobre la mesa.—

—Gracias pequeño, ahora creo que debes irte, el capitán tomará tu lugar.— completó Fausto.

El joven intentó quejarse pero antes de que pudiera decir algo, Favre intervino:—Sin protestas niño, deberás aguardar afuera.—

Refunfuñando Mnyma comenzó a caminar cabizbajo hacia la puerta.

El galo volvió a observar a Elizabeth, recorrió su rostro y luego posó su mirada en las piernas abiertas de ella, observando el trabajo que Fausto se encontraba realizando:

—Disculpe Srta Hein, espero que no la incomode mi presencia en este momento.— dijo mientras su mirada se concentraba en sus ojos nuevamente.

Entre dientes, Elizabeth respondió:—¡Limítate a ayudar a Fausto maldita sea!—

—Disculpe Srta Hein, no fue me intención avergonzarla o hacerla enfadar.— respondió Antoine sonrojado e inclinando su cabeza. Luego dirigiéndose a Fausto consultó:—Dime cómo puedo ayudar.—

—Por lo pronto necesitaré que sigas mis indicaciones y me entregues los utensilios que vaya solicitándole.— respondió el médico.

Arremangando su camisa y dejando su pipa sobre la mesa, Favre se dispuso a asistir el parto. 

—Ha comenzado Srta Hein, necesito que haga su mejor esfuerzo.— indicó Fausto.

El trabajo de parto se extendió durante varios minutos, mientras Arthur y Favre trataban de asistir y tranquilizar a Elizabeth.

Finalmente, luego de casi dos horas, el llanto de un recién nacido rompió el silencio que cubría la habitación.

Con sus brazos cubiertos de sangre y fluidos, Antoine recogió el pequeño cuerpo que Fausto le entregó, mientras este continuaba inspeccionando que todo se encontrara bajo control.

Completamente mudo y asombrado, Favre tomó en sus brazos a la pequeña criatura que se retorcía y lloraba. Mientras una lágrima recorría su mejilla, logró esbozar algunas palabras que emergieron de manera confusa:—Es una hermosa niña.—

Sin prestarle atención al rostro de estupefacción del galo, el médico ordenó con una sonrisa:—Acercarlo a su madre Antoine, no es su niña.—

—Disculpe, no fue mi intención.— dijo abochornado, mientras se acercaba a Elizabeth.

Ella sonrió y recibió a la niña sobre su pecho, mientras Favre repetía:—Realmente es una hermosa niña.—

Fausto volvió a hablar, esta vez la voz del médico surgió algo nerviosa:—Srta Hein, necesito que preste atención a lo  que voy a indicarle.—

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Fragmento N°301

Este fragmento es el inicio de la segunda parte de la historia, titulada: El Filo del Tiempo

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El invierno había sido más duro de lo previsto, en gran parte a causa de que la mayoría de los tripulantes estaban completamente acostumbrados al mar ecuatorial y sus temperaturas, pero por otro lado, muchos se encontraban al borde de su esfuerzo físico y mental.

Las cosas no habían sido mejores para Elizabeth, a medida que las temperaturas descendían y su embarazo avanzaba, cada vez podía colaborar menos en las tareas del grupo. Provocándole un gran malestar y sensación de «carga» para el resto del equipo.

Habían rentado un depósito de suministros en las cercanías del puerto, con algo de dedicación lo habían acondicionado para que dispusiera de algunas literas que permitiera a algunos marineros dormir allí, evitando que todos debieran dormir en El Retiro.

A su vez, con mamparos de madera, habían confeccionado una habitación que le daba cierta intimidad a ella, previendo que en cuanto diera a luz, necesitaría ciertas comodidades a las que los demás hombres no estaban acostumbrados.

Por fuera de eso, el resto del almacén servía como base de operaciones para las actividades que realizaban mientras aguardaban una oportunidad que les permitiera ganarse una buena paga, mientras mantenían el perfil bajo.

Durante el crudo invierno, Favre había entablado relación con un comerciante local de Jamestown que se mostró dispuesto a aceptar mercancía de contrabando para enviar a Londres. Por ese motivo, mientras Elizabeth se encontraba recluida en el almacén, el galo junto con Arthur, Edahi, Jameson y el resto de los hombres realizaban una serie de incursiones río arriba, buscando comercializar con las tribus salvajes.

El contacto comercial de Antoine, aceptaba pieles de contrabando siempre y cuando el precio fuese sustancialmente menor al que le ofrecían sus compatriotas ingleses. Esto les generaba un ridículo margen de ganancia al grupo, pero era una actividad que podían realizar con un perfil bajo, sin la necesidad de lanzarse a mar abierto.

En algunas ocasiones, Favre fue consultado para realizar alguna tarea de mayor relevancia. Generalmente misiones de transporte o custodia de algún navío de jerarquía.  El Retiro era un galeón de proporciones modestas, pero con una gran bodega casi vacía, y numerosos cañones capaz de ahuyentar a la mayoría de los piratas.

Pero en cada ocasión, el galo se rehusó a dichas propuestas excusándose de varias maneras. En realidad, no le agradaba la idea de alejarse de Elizabeth hasta que ella hubiese dado a luz.

Una tarde de principios de mayo, Favre regresaba luego de regatear con su contacto comercial, había cedido bastante para entregarle a ese viejo tacaño un cargamento de sus últimas pieles obtenidas en uno de sus viajes río arriba.

Cada vez debía bajar más su precio para lograr vender sus mercancías. Al tratarse de comercio de contrabando debía aceptar las condiciones del comprador, ya que de lo contrario no tendría a quien venderselas.

Al girar la calle para dirigirse al depósito junto al puerto, encendió su pipa. En cuanto sacó las manos de sus bolsillos para encenderla, notó el frío en sus manos, pero por dentro pensó: «poco a poco comienza a hacer más calor».

Se posó ante la puerta antes de ingresar e inhaló una gran bocanada de tabaco. El umbral ante él estaba descuidado y despintado, pero no tenían ni el dinero ni el tiempo para acondicionar mejor el almacén.

Al ingresar, inmediatamente notó mucho alboroto en su interior. Se escuchaban voces provenientes de varios rincones y un ajetreo generalizado se expandía por todo el lugar.

En uno de los extremos, la figura de Mnyma apareció cargando una fuente con agua tibia.

—⁣¿Qué ocurre?—⁣ preguntó Favre.

El niño sonrió con todo su esplendor, mostrando sus dientes blancos y cuadrados:—⁣Es ahora, parece ser que la Srta Hein dará a luz.—⁣

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Fragmento N°300

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Sostuvo la mirada algunos segundos, viendo cómo se alejaban los tres hombres. Elizabeth nunca había tenido una  postura definida respecto a los tres sujetos, a pesar de que Jameson le había manifestado cierto desagrado por Roos Vermeulen. En el tiempo que habían compartido, mientras se encontraban varados en la playa, no había logrado entablar una relación con ninguno de los tres marineros holandeses.

Al verlos alejarse por el muelle, sintió una sensación ambigua, compuesta por notas  de nostalgia y una extraña percepción de riesgo.

La voz de Favre hizo que volviera a enfocarse:—⁣Parece ser que el sujeto que nos espera sobre el muelle es el recaudador.—⁣

Arthur comentó:—⁣Se lo ve ansioso, si no le damos una pieza de oro hará que todos los cañones del puerto apunten hacia nosotros.—⁣

Favre sonrió diciendo:—⁣No lo hagamos esperar, hace tiempo que no veo caras nuevas, por más que su único interés sea sacarnos dinero, es bueno ver otro rostro luego de tanto tiempo.—⁣

El galo se encaminó hacia la escalera lateral para descender mientras completaba—Además, hace tiempo que no disfruto de regatear con alguien que intenta robar mi dinero.—⁣ y guiñó un ojo mientras bajaba al amarradero. 

Elizabeth se aproximó a la barandilla y escudriñó el horizonte. La ciudad era un hormiguero, por todos ladoLee la historia desde el Fragmento N°1s se veía gente yendo de un lugar a otro con mercancías, carretas, canastos o productos en sus propias manos. A su vez, los edificios estaban dispuestos de manera desorganizada, en gran parte debido a que las construcciones habían sido destruidas y levantadas varias veces durante la corta vida de la colonia.

Mientras ella observaba, tomó la barandilla con ambas manos y comenzó a reflexionar sobre lo que los próximos días depararían para sus vidas.

El contacto con la madera fría de la baranda ayudó a que su mente se despejara.

Fue invadida rápidamente por todas las dudas que la atormentaban desde hace semanas. No comprendía los motivos que habían llevado a su padre a querer acabar con ella y todos los que la rodeaban. Ni siquiera se sentía segura de seguir llamándolo  «padre».

Tampoco comprendía porqué su hermano Cees era el encargado de asesinarla una vez que llegara a su hogar, ni cuál era el rol y la implicancia de Cees en la historia que comenzaba a formarse ante sus ojos.

En voz baja, prácticamente inaudible, dijo para sí misma: —⁣¿Por qué lo hicieron? ¿Qué les he  hecho?—⁣ pero sus palabras fueron apagadas por el viento gélido del puerto.

Todo en su mente eran contradicciones, «¿por qué Piet Hein guardaba en su cajón personal el guardapelo y el collar de su madre?. Si la quería muerta, ¿por qué sus últimas palabras fueron «…eres igual a tu madre…»?.

Pero lo que más atormentaba su mente era la llave, el extraño prendedor de metal, de apariencia inofensiva, pero aparentemente invaluable. 

«¿Qué poder contiene este objeto?, un poder lo suficientemente grande como para alentar a un padre a matar a su hija», pensaba por dentro.

«¿Qué abre?”, y por otro lado tampoco comprendía si Cees tenía conocimiento de lo que la llave abría. Aunque suponía que debía saberlo, ya que él tenía en su poder la segunda llave.

Un movimiento sutil de la nave hizo que la cubierta se moviese. Ella percibió el movimiento y una sensación de mareo la cubrió, provocándole náuseas.

Elizabeth llevó la mano a su estómago, sabía que luego de años navegando, no era propensa a los mareos o náuseas. Pero desde hacía algunos días comenzaba a sentirse mal por las mañanas.

El síntoma por sí solo no revelaba nada, pero otro indicio le preocupaba. Su último período debía haber llegado hace varios días, y su ausencia demostraba que la vaga idea que se formaba en su mente podría ser real.

Se sintió perturbada, demasiadas ideas y cambios potenciales se entrecruzaban en su cabeza. La voz de Favre volvió a llamar su atención, y agradeció tener en que ocupar su mente nuevamente. 

Giró y se dirigió hacia el galo para ver qué necesitaba.

[Fin de la primera parte de la historia]

La historia continua en la segunda parte, titulada: El Filo del Tiempo.

El Filo del Tiempo comienza en el Fragmento N°301

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Fragmento N°299

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Una corriente de viento soplaba desde estribor haciendo que el frío calara profundo en los huesos de todos los que estaban sobre la cubierta.

Cada vez que el casco golpeaba una ola, una fina llovizna caía sobre la nave, helando aún más las almas de los marineros que se encontraban manipulando los aparejos.

Favre ordenó virar, y lentamente se adentraron en el río James, abandonando el mar abierto.

A medida que El Retiro avanzaba a lo largo del canal, el viento fue amainando, y el oleaje disminuyó hasta que quedaron inmersos en la suave corriente del río.

Luego de varios minutos, rodearon el último recodo, e ingresaron al canal principal. A la distancia podía percibirse la silueta de la ciudad, semi oculta por el bosque y las colinas que la rodeaban.

Fue evidente que el frío era una sensación generalizada, ya que podían observarse numerosas chimeneas encendidas liberando humo desde las pequeñas casas.

Al aproximarse al puerto, encontraron varias naves de gran porte ancladas en las afueras, ya que el calado les impedía ingresar al muelle principal.

Entre dichas naves, Favre divisó un galeón ingles de la marina real, en cuyo mástil ondeaba la bandera de la corona flameando frenéticamente al compás del viento.

Al adentrarse aún más, numerosas embarcaciones de menor porte aparecieron, desde pequeños veleros hasta canoas, que conectaban las diferentes naves llevando suministros o transportando a sus tripulantes.

El galo dijo:—Maldita sea, creo que no siento los brazos.— mientras frotaba sus manos.

Arthur asintió mientras indicaba:—Parece ser que alguien viene a recibirnos.— señalando al extremo del muelle donde un sujeto destacaba por su porte y los observaba directamente.

Con ayuda de dos botes auxiliares, El Retiro se acopló plácidamente al muelle. Finalmente a pesar de todo lo ocurrido, habían llegado a Jamestown.

Favre dijo:—Bien, avancemos según lo acordado.—

Los días previos se habían abocado a definir con el mayor lujo de detalle posible todo lo que harían a continuación. Entre dichas tareas, se encontraba dejar en puerto sanos y salvos a todos aquellos tripulantes holandeses que quisieran seguir su rumbo.

En primera instancia, Favre junto con Elizabeth, habían invitado a todo aquel que quisiese, a formar parte de la tripulación de El Retiro. Esto era necesario para poder maniobrar la nave completamente mientras navegaban, pero también fue un gesto de buena fe para que los holandeses comenzaran a confiar en Elizabeth y los suyos.

Nadie fue obligado a responder de inmediato, pero a medida que se aproximaban a su destino, fue necesario conocer quiénes permanecerían a bordo, y quiénes seguirían su rumbo una vez que arribaran a Jamestown.

Para asombro de Elizabeth, el primero en decidir formar parte de El Retiro fue el oficial Jameson. Al oficial le siguieron la gran mayoría de sus hombres.

Al final de cuentas, solo tres sujetos manifestaron su deseo de continuar por su propia cuenta el resto del viaje.

Favre alzó la voz diciendo:—Indicarle al Sr Roos, Lievin y Gijs que ya pueden descender, que se preparen.—

Los tres holandeses emergieron de las cubiertas inferiores, con Roos a la cabeza.

Elizabeth se encontraba junto a la barandilla para despedirlos, dijo:—Les deseo mejor fortuna de ahora en más, espero puedan regresar pronto con sus familias. Confío en que esto pueda ayudar a que todo sea más fácil a partir de aquí.—

Ella extendió su mano para entregarle un pequeño saco con algunas monedas de plata.

Roos sonrió y dió un paso adelante para abrazarla. El abrazo tomó por sorpresa a Elizabeth pero ella no se resistió. Mientras la estrujaba con sus brazos, él dijo:—Ohh gracias, estamos en deuda con usted y el oficial Jameson. Jamás podremos agradecerles lo suficiente por el buen trato, pero somos hombres que extrañan a sus familias, deseo con ansias regresar a Róterdam para besar a mi esposa e hijos.—

Jameson no recordaba que Roos tuviese familia, pero nunca le había agradado el sujeto, y estaba conforme con librarse de él.

Luego de despedirse y arrojar alabanzas de agradecimiento, los tres holandeses descendieron y comenzaron a caminar por el muelle alejándose.

Roos echó un vistazo hacia atrás, al ver que se encontraban lejos dijo:—Ahora, primero tomemos una cerveza con el dinero que nos ha dado esa ramera, luego buscaremos una nave que nos regrese a Róterdam —

Los tres sonrieron y caminaron en busca de la taberna más cercana, pero lo que generalmente había despertado el júbilo de Roos era la idea que se incubaba en su mente, por dentro pensaba; «Presiento que al hijo del almirante Hein le interesará conocer nuestra historia, aunque no estoy del todo seguro cuál será su reacción cuando sepa que su propia hermana fue quien mató a su padre.»

[Nueva Ubicación]

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Fragmento N°298

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Hay sucesos que no deben estar asociados a la vida de un soldado. Ciertos eventos son disociados a la hora de relatar historias sobre héroes y  valientes. Es poco común oír respecto a las traiciones, los miedos, o los desaciertos de grandes guerreros a lo largo de la historia.⁣

O al menos eso pensaba Roos Vermeulen mientras se adaptaba a la convivencia con los marineros de El Retiro.⁣

⁣Antes de que su oficial se rindiera, Roos, junto a sus amigos Lievin y Gijs, estuvieron a punto de continuar el combate, antes de que el resto de la tripulación holandesa arrojara sus armas y se entregara a sus contrincantes.⁣

⁣Desde ese entonces, Roos había intentado en varias ocasiones fomentar el espíritu de rebelión de sus compañeros Pero amargamente se percató que según avanzaban los días, sus camaradas cada vez fraternizaban más con sus captores.⁣

⁣Particularmente le repugnaba la actitud de su oficial. Roos odiaba con toda su alma al oficial Jameson. Solía decir: «Ese viejo cobarde de Jameson nos ha convertido en una burla de toda la flota, desertores sin honor.»⁣

⁣Mientras la tormenta se desataba afuera, Roos compartía una pequeña tienda junto a Lievin, un grumete joven y de cabello cobrizo, de apenas diecisiete años, y junto a Gijs, un viejo cocinero que se había enrolado en El Mercurio hacía ya varios años.⁣

Los tres extendían sus manos hacía la fogata que ocupaba el centro, mientras Roos decía:—Yo mismo cortaré el cuello de Jameson la noche que escapemos.—⁣

⁣En las últimas semanas, Roos había desistido en sus planes, en parte porque el resto de sus camaradas no compartía su punto de vista. Y en por otro lado porque él mismo se había percatado que ahora era vigilado por el francés al que los demás llamaban Favre.⁣

El galo tal vez intuía sus intenciones, y ahora lo mantenía sutilmente vigilado en persona, o por medio de un negro de proporciones gigantes, llamado Umbukeli.⁣⁣

—Pero lo que más me avergüenza.— continuó Roos, —es no poder aniquilar con mis propias manos a la perra que acabó con la vida de nuestro capitán. Esa maldita ramera, si tan solo pudiera tenerla unos minutos a solas con mi daga y ese delicado cuerpo…—⁣

⁣Gijs y Lievin asentían mientras él continuaba hablando.⁣

⁣—Esa maldita niña asesinó a su padre enfrente de todos nosotros, y nadie hace nada para ajustar las cuentas.—⁣

Roos era algo idealista, se había enrolado a la compañía con el propósito de ser enviado a las zonas más recónditas del globo,  en busca de fortuna, y gloria. Cuando logró ser destacado bajo el mando del vice almirante Hein Piet, se llenó de orgullo, y creyó que ello marcaría una gran carrera para él.⁣

⁣—Cuando cuenten nuestra historia.— dijo mirando a sus dos compañeros. ⁣⁣

—No dirán que Hein murió cobardemente asesinado por su propia hija y traicionado por sus propios hombres mientras su cadáver aún estaba tibio.—

Gijs y Lievin se acercaron más al fuego, las llamas iluminaron sus ojos abiertos prestando máxima atención a las palabras de Roos.⁣

Este prosiguió:—Cuando cuenten nuestra historia, dirán como un puñado de hombres logró vengar la muerte del viejo Hein, limpiando su nombre, y derramando la sangre de aquellos que lo traicionaron.—⁣

⁣—!¿Y qué haremos?!— dijo Lievin, era mucho más joven y entusiasta que Gijs, y Roos se aprovechaba de esa energía que caracterizaba al muchacho.⁣

—Primero baja la voz.— respondió Roos.⁣

⁣Hubo una pausa de silencio, al percatarse que solo el sonido de las llamas chamuscando los leños y su respiración era la único que oían, dijo:— Tengo un plan, pero escuchen con cuidado, debemos ser inteligentes y tener paciencia, ese francés sospecha algo.—⁣

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Fragmento N°297

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Una vez que la tormenta se disipó, lentamente el campamento fue recobrando el ritmo habitual. En un principio, durante varios días se generaron lluvias intermitentes que mantenían todo constantemente húmedo. El calor tropical se combinaba con la humedad y provocaba un clima asfixiante que hacía difícil cualquier labor. 

Las lluvias ocasionales se mantuvieron por varios días hasta que el clima mejoró notoriamente  y permitió a todos volver a la normalidad.

Favre aprovechó las mejores condiciones climáticas para retomar las reparaciones de la nave. Estaban retrasados unas tres semanas en sus planes, y trató de acelerar las tareas en la medida de lo posible.

En paralelo, también emprendieron nuevamente las incursiones de recolección de alimentos y pesca. Los días que estuvieron imposibilitados por la tormenta, los había obligado a consumir rápidamente las provisiones acumuladas.

Esta vez, Elizabeth insistió en que Mnyma pudiera acompañarlos en algunas de las jornadas de pesca. Edahi aceptó, ya que ella se comprometió a cuidar del niño mientras los demás cumplían con sus quehaceres.

Una vez que Mnyma se incorporó a una de las expediciones, fue imposible negarle su participación en las demás excursiones. Al poco tiempo se convirtió en un  miembro más del grupo y demostró gran habilidad para la captura de peces.

Finalmente, luego de casi dos meses, comenzaron a disponerse los preparativos para abandonar el campamento y volver a abordar El Retiro.

La demora había sido considerable respecto al plan inicial, pero en vez de lamentarse, todos se alegraban por abandonar aquella playa y volver a navegar.

La mañana en la que partirían, varios hombres comenzaron a desmantelar las tiendas para subir abordo los diferentes muebles y elementos que habían dado vida al campamento durante esas largas semanas.

Antes de partir, esa misma mañana, Elizabeth visitó el claro donde se encontraba la tumba de Gregor y de su padre, Hein Piet.

Favre aguardó en la costa con el último bote, junto a Arthur, Umbukeli y dos marineros más. El galo conversaba animadamente con los demás mientras aguardaba el regreso de Elizabeth.

Al mirar hacía el bosque que se extendía más allá de la costa, pudo verla aparecer entre los arbustos.

—Allí viene, en marcha muchachos.— dijo el galo, indicándole a los hombres para que se alistaran.

Al acercarse, Favre tendió su mano para ayudarla a subir.

Sin emitir sonido alguno, ella tomó su brazo y saltó hacia el interior del bote.  Antoine comenzó a empujar la embarcación para que se adentrara en el mar y también saltó para incorporarse.

Una vez sentado en la popa, la observó con curiosidad:—¿Se encuentra bien Srta Hein?— dijo con curiosidad.

Ella respondió con calma:—Si, solo que es extraño abandonar este lugar….—

Favre sonrió:—Hay mucho de nosotros que queda aquí, y si, puede ser que lo estamos abandonando en este momento.—

Ambos se miraron mientras el viento soplaba con fuerza, y alguna gota ocasional caía sobre ellos, desprendida del chapoteo de los remos.

—Pero por otro lado.—continuó Antoine,—también mucho de lo que hemos vivido estos últimos meses, viaja con nosotros, y eso estará con nosotros a donde sea que vayamos.—

Elizabeth dibujó una sonrisa en su rostro, y si no hubiese sido por el agua de mar que salpicaba su cara, podría haberse visto claramente una lágrima surcando su mejilla.

Una vez que el bote arribó al encuentro con El Retiro, subieron a bordo y colocaron rumbo hacia el nornoreste.

A partir de allí el viaje fue calmo, no atravesaron climas desafiantes pero la temperatura fue descendiendo rápidamente a medida que se alejaban del Caribe.

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Fragmento N°296

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Las recientes semanas habían llevado la capacidad de Cees al máximo. Desde la última vez que habían sido reabastecidos por mar, los españoles habían redoblado sus esfuerzos por doblegar a la fortaleza de Bergen op Zoom.

Esto había desencadenado una serie de incursiones, algunas de las cuales estuvieron muy cerca de capturar la guarnición.  Con el correr de los días, era como si las tropas enemigas estuvieran al tanto de que el rescate estaba próximo a llegar, y los enfrentamientos fueron tomando mayor intensidad.

Particularmente, Cees recordaba la incursión nocturna que un grupo reducido de tercios españoles había intentado realizar pocos días atrás.

Ese último movimiento había sido meticulosamente planificado, y por poco no había sido un éxito. Durante la escaramuza, el grupo frontal del campamento español había montado una distracción, mientras el pequeño pelotón de asedio compuesto por una veintena de hombres se escabullía por uno de los laterales de la fortaleza.

Habían logrado rápidamente tomar una almena y tender escaleras de soga para que una avanzada mayor pudiese reforzar el ataque en cuanto la posición se encontrara asegurada. 

Afortunadamente para Cees, él mismo dormía desde hacía varios días sobre la muralla. Pudo organizar rápidamente el contraataque, y retomar la la sección perdida de la muralla antes de que el resto de la tropa española trepara por los muros.

Mientras amanecía, observaba el horizonte con satisfacción, en dirección al océano, y a las numerosas naves holandesas que se aproximaban.

Se encontraba en un estado lamentable, extremadamente sucio, con manchas de sudor, pólvora y sangre tanto propia como de sus enemigos. Durante el asedio habían sido pocas las oportunidades para asearse adecuadamente.

De todos modos decidió bajar a toda velocidad hacia el muelle. Él mismo, Cees Hein, quería ser quien recibiese a las tropas de la corona que acudían en rescate de la guarnición.

Descendió por la escalera de la torre a toda velocidad. Al llegar al pie de la muralla, caminó con tranquilidad, recorriendo las callejuelas en dirección al muelle.

Un gran número de personas invadían las calles para festejar el fin del asedio.  A cada paso le agradecían a Dios, y vitoreaban luego de las penurias sufridas durante arduos meses.

Un soldado de gran postura se colocó frente a él, interrumpiendo su paso. Al observarlo a los ojos, el joven dijo:—Nos ha salvado, jamás dude de usted señor.—

Cees sonrió amablemente mientras posaba una mano sobre el hombro del sujeto para correrlo suavemente hacia el costado mientras decía:—Descanse ahora que puede soldado, mañana habrá otra batalla, siempre las hay.—

El joven sonrió y giró para perderse entre la muchedumbre.

Al llegar al muelle, el buque insignia estaba anclando, mientras las demás naves tomaban posiciones defensivas a lo largo del delta.

Cees reconoció los colores de la casa de Orange en los estandartes de la embarcación. Era un galeón de tres mástiles y gran porte,  con finos detalles sobre la proa y cubierta.

Un bote se desprendió del buque insignia y se aproximó al muelle.

Cees se acercó a recibirlo. Mientras se arrimaba, no pudo evitar sentir que algo importante estaba ocurriendo. Los hombres en el bote no estaban vestidos todos como soldados. Algunos tripulantes eran civiles, tal vez sirvientes pensó.  Claramente acompañaban a un sujeto de gran porte y apariencia militar, pero que vestía ropas elegantes.

El bote se detuvo, tocando levemente contra el muelle, y el sujeto de gran contextura subió al embarcadero. Al tenerlo a pocos pasos, Cees lo reconoció inmediatamente.

—Disculpe milord, es un honor que usted mismo en persona acudiera en nuestra ayuda.— dijo él, agachando su cabeza.

El sujeto se aproximó y con tono cauteloso dijo:—General Mauricio de Nassau, Príncipe de Orange, para servirle oficial.—

Cees hizo la venia y respondió corrigiendo con respeto:—Teniente, Hein Cees, a sus ordenes milord.—

La mirada del aristócrata cambió al  oír su nombre. Luego hizo una seña a sus sirvientes para que continuaran, y observando a Cees dijo:—Acompáñeme teniente, ¿dispone de algún lugar para conversar a solas?—

Cees asintió diciendo:—Por aquí.— y giró para abandonar el muelle.

A pocos pasos se encontraba la garita de guardia del embarcadero. al ingresar, Cees ordenó a los soldados que estaban en su interior que se retiraran.

Una vez que estuvieron solos, Mauricio habló:—Me alegra que hayan logrado resistir lo necesario hasta mi llegada.—

—Ha sido duro, pero estamos de pie milord.— respondió él con tono evasivo, notaba cautela en las palabras del general, como si ocultara algo.

Finalmente, el Principe de Orange prosiguió:—Debo transmitirle una no muy grata noticia teniente. Se me ha encomendado no solo relevarlo, sino también informarle acerca del paradero de su padre.—

Hizo una pausa para observar la reacción de Cees, pero este permaneció inmutable.

Continuó:—No se ha tenido noticias del Vice Almirante Hein desde que zarpó de Fernando de Noronha. La última vez que su nave fue avistada, fue hace meses, próxima a los límites del territorio español en el Caribe. La compañía lo ha declarado desaparecido en servicio.—

Cees arrojó:—Los españoles han pedido rescate?—

El General negó levemente:—Nuestros espías nos informan que ninguna nave española se ha adjudicado una batalla en contra de El Mercurio, mucho menos capturado con vida a su padre o alguno de sus hombres.—

Cees se sentó en una de las sillas mientras guardaba silencio.

Luego de una pausa, Mauricio dijo:—¿Una tormenta tal vez?, esos mares son muy traicioneros.—

Cees no respondió. Por dentro le era impensable concebir la idea de que su padre había sucumbido bajo una tempestad, era el mejor marinero de toda la flota holandesa. Pero a su vez, si hubiera caído en manos españolas, estos no hubiesen demorado ni un segundo en galardonarse con dicha victoria.

—Por otro lado…— continuó el general, —tampoco se han recibido novedades respecto a la nave en la que su hermana Elizabeth debía arribar …—

Pero las palabras de Mauricio de Nassau se perdieron en el aire para Cees. Su mente se encontraba pensando en su padre, algo no estaba bien, por dentro él sentía que algo no encajaba.

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Mauricio de Nassau

¿Qué fue Mauricio de Nassau – Príncipe de Orange?

Mauricio I de Nassau nació en Dillenburg, actual Alemania, el 14 de noviembre de 1567. Su fallecimiento ocurrió en La Haya, el 23 de abril de 1625. Fue el estatúder de la parte norte de los Países Bajos entre 1584 y 1625, hijo del líder holandés Guillermo de Orange-Nassau el Taciturno y de Ana de Sajonia, hija del elector Mauricio de Sajonia.

Mauricio de Nassau – Principe de Orange

El área donde la compañía podía operar consistía en África Occidental (entre el Trópico de Cáncer y el Cabo de Buena Esperanza) y las Américas, que incluían el Océano Pacífico y la parte oriental de Nueva Guinea.

El propósito de la carta era eliminar la competencia, particularmente española o portuguesa, entre los diversos puestos comerciales establecidos por los comerciantes. La compañía se volvió instrumental en la colonización holandesa en gran medida efímera de las Américas (incluida Nueva Holanda) en el siglo XVII.

De 1624 a 1654, en el contexto de la guerra holandés-portuguesa, el WIC mantuvo el territorio portugués en el noreste de Brasil, pero fueron expulsados ​​del holandés Brasil tras una feroz resistencia.

Después de varios reveses, WIC se reorganizó y se otorgó una nueva carta en 1675, en gran parte debido a la fortaleza en el comercio de esclavos en el Atlántico. Esta «Nueva» versión duró más de un siglo, hasta después de la Cuarta Guerra Angloholandesa, durante la cual perdió la mayoría de sus territorios.

Mauricio de Nassau contra Felipe II de España

En el año 1584 se puso al mando de las tropas de las Provincias Unidas que luchaban contra España. Dividió las tropas en unidades más pequeñas y manejables, que resultaban menos vulnerables a la artillería, impuso la disciplina, se ocupó de que los soldados estuvieran bien pagados, introdujo más armas de fuego, reorganizó la artillería, porque eran demasiado inexpertos para utilizar tanques reales, y para combatir a los tercios del ejército español estableció la leva.

A finales del siglo XVI, el ejército de las Provincias Unidas estaba formado por unos 20.000 hombres de infantería y 2.000 de caballería, sin contar la flota de guerra.

A lo largo de los años 90 del siglo XVI conquistó las ciudades de Breda, Nimega y Deventer. En 1600 desembarcó en la ciudad de Ostende y derrotó a Alberto de Austria en la batalla de las Dunas. Tras esto conquistó Grave y La Esclusa, derrotando de esta forma al general Lundgren con el apoyo de los caballeros Sain y Kent.

Partidario de seguir la guerra con España, la tregua de los Doce Años, le enfrentó a Johan van Oldenbarnevelt, el jefe del gobierno de Holanda.

Mauricio de Nassau

Tras la muerte de su hermanastro Felipe Guillermo de Orange-Nassau, Mauricio se convirtió en Príncipe de Orange. Apoyado por la baja burguesía y el campesinado, logró que Johan van Oldenbarnevelt fuese juzgado por traición y ejecutado en el año 1619. Tras el fin de la tregua con España, en 1621, empezada ya la Guerra de los Treinta Años, reanudó las hostilidades, pero no consiguió el éxito anterior.

De camino a salvar la plaza de Breda, bajo el asedio de Spinola y guarnecida por su hermano Justino de Nassau, murió estando en campaña.

Fragmento N°295

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Logró dormirse antes de que la tormenta descargara toda su fuerza sobre el campamento. En un principio, el viento fue elevando su velocidad haciendo sacudir la tienda, hasta que el golpeteo de la lluvia contra el techo de lona comenzó a ser constante.⠀

Elizabeth se sobresaltó al oír un trueno cercano, trató de escuchar algún sonido por fuera de la tempestad, pero solo logró percibir el ruido del viento y el diluvio que caía sobre ellos. A los pocos segundos, sintió que alguien tocaba su espalda y una voz decía:—Srta Hein, ¿puedo dormir con usted?, me dan miedo las tormentas.—⠀

Ella, al reconocer la voz de Mnyma en la oscuridad, giró diciendo:—Claro, ven aquí.— y abrió una de sus sábanas para que el pequeño se introdujera en su litera.⠀

Mnyma se acurrucó junto a ella, y Elizabeth lo abrazó por detrás para que el niño se tranquilizara. Mientras ella trataba de apaciguarlo, un nuevo trueno cayó, sobresaltándolos a ambos. ⠀

—Me recuerda al viaje en el barco, luego de que nos capturaran.— dijo el pequeño mientras se encogía aún más en el lecho.⠀

Elizabeth lo abrazó con fuerza y por un instante trató de imaginar el tipo de viaje que enfrentarían los esclavos al ser capturados tierra adentro. Teniendo que caminar semanas encadenados a la costa para luego ser depositados en una bodega profunda, hacinados uno sobre otros, sin letrinas, y apenas comida. «No es algo que un ser humano debería afrontar, mucho menos un niño» pensó con tristeza.⠀

Conocía historias, de mercaderes portugueses que arrojaban a los bebés y niños al mar, sabiendo que no sobrevivirían al largo viaje. Un escalofrió recorrió su espina y buscó conciliar el sueño para evadir las imágenes que su mente recreaba. Lentamente fue adormeciéndose, y solo cuando se garantizó que el pequeño estaba completamente dormido, pudo cerrar sus ojos y dejarse llevar por el cansancio.⠀

Para cuando despertó, pudo notar que su cuerpo se había repuesto, lo cual le dio la pauta de que había dormido varias horas. Pero el interior de la carpa permanecía oscuro, y el ruido de la lluvia azotando la tienda se mantenía inmutable. Lentamente salió de la litera evitando despertar a Mnyma.⠀

Al llegar a la entrada, corrió levemente la lona del umbral para observar hacia el exterior. Efectivamente era de día, pero el cielo se encontraba completamente cubierto de nubes y la lluvia eran tan copiosa y constante que parecía que se encontraran transitando los últimos minutos de luz de un atardecer.⠀

Al recorrer con su vista el campamento, no pudo distinguir a ningún hombre, ya que todos se encontrarían probablemente bajo el reparo de sus carpas, aguardando a que el clima menguase. Una figura se desprendió de una zona de las tiendas y se aproximó corriendo hacia ella. Al ver que se trataba de Arthur, ella se hizo a un lado para permitirle entrar.⠀

A toda velocidad, el joven ingresó empapado de pies a cabeza. —Gracias, he traído algo para desayunar, aunque la gran mayoría se ha mojado.— dijo al ingresar.⠀

Elizabeth tomó la bolsa que contenía algunos bizcochos y pescado del día anterior, pero no probó bocado. Volvió a dirigirse hacia la entrada para observar la tormenta.⠀

Arthur volvió a hablar:—Edahi dice que es un tipo especial de tormenta, puede durar varios días.—⠀

—Tenemos comida suficiente gracias a la lo recolectado esta última semana.— respondió ella.⠀

—Cierto, pero no podremos continuar con las tareas de reparación hasta que el clima no mejore.— complementó Arthur mientras sacudía su cuerpo.⠀

Ella observaba la silueta de El Retiro, anclado en la bahía, distaba mucho de la imagen calma de la noche anterior. Ahora la nave se sacudía con el movimiento del mar revuelto, elevándose cada vez que una ola golpeaba la proa. La figura de la embarcación era borrosa, una densa capa de lluvia generaba una sensación similar a la niebla.⠀

Al verla pensativa, con su mente fija en El Retiro, Arthur dijo:—Favre se embarcó a primera hora de la mañana en uno de los botes, tomó el mando él mismo, prefiere estar a cargo ante cualquier eventualidad.—⠀

Ella volvió a cerrar la entrada y giró para dirigirse a su litera. Al sentarse, Mnyma despertó y desayunaron junto con Arthur.⠀

Los días siguientes transcurrieron con mucha lentitud, la tormenta nunca parecía ceder. Cada mañana despertaban con el mismo sonido, del agua golpeando la tienda y el viento haciendo crujir la estructura de la carpa. En el transcurso de los siguientes diez días, solo una vez se dio una pausa lo suficientemente larga para que Favre pudiese abandonar El Retiro y dirigirse nuevamente al campamento.⠀

Al verlo, Elizabeth lo notó extremadamente desgastado, con su camisa sucia y desalineada, y su rostro invadido por profundas ojeras. En esa ocasión, las únicas palabras que ella logró oír del galo fueron:—Maldita lluvia del demonio.—⠀

Luego de reponer fuerzas y recoger algunas provisiones, Antoine había regresado a la nave justo a tiempo, ya que la tormenta comenzaba a retomar su fuerza habitual.⠀

Pasaron poco más de dos semanas hasta que la tempestad amainó, y permitió al campamento retomar ciertas actividades.⠀Pero la extraña sensación de que estaban perdiendo tiempo preciado, merodeaba siempre su mente.

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Fragmento N°294

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Esa misma tarde al regresar al campamento, comenzaron a ahumar la pesca del día para almacenar lo que no fuera consumido durante la cena. Mientras Elizabeth ayudaba a bajar las canastas atiborradas de pescados, Mnyma corrió a su encuentro. El pequeño había forjado un gran vínculo con ella, y en contraposición, se sentía extremadamente solitario en su ausencia.⠀

Al acercase a ella, el niño la abrazó por la cintura, Elizabeth dijo:—Hoy vimos un animal muy extraño, casi tan grande como el bote, similar a una foca grande, Edahi dice que fue un manatí.—⠀
En un principio el pequeño sonrió, pero luego su rostro mutó hasta tornarse ofuscado.—Edahi no me permite acompañar a los hombres durante la pesca.—⠀

Rápidamente, Mnyma liberó el cuerpo de ella y cruzó ambos brazos sobre su pecho en señal de disgusto. —Podría haber visto ese manatí si me hubieran permitido acompañarlos.— sentenció.⠀

Elizabeth contuvo su risa ante la actitud del niño y respondió:—Prometo hablar con él, tal vez pueda convencerlo.— y luego giró para observar al nativo, pero este se encontraba hablando con Favre. El galo se había aproximado rápidamente al verlos regresar, ella pudo notar como la conversación parecía algo acalorada desde lejos. Al acercarse Edahi giró diciéndole:—Debemos guardar las provisiones, mañana ahumaremos lo que quede.—⠀

—Si no lo hacemos ahora, mañana se pondrá en mal estado.— respondió ella sin comprender lo que el nativo intentaba decirle.⠀

Edahi miró hacia el mar e hizo un movimiento con su cabeza indicándole a Elizabeth el punto hacia el cual observaba. Mientras ella dirigía la vista hacia la misma sección el horizonte, Favre dijo:—Se avecina una tormenta.—⠀

—Nos golpeará por la noche.— completó el nativo.⠀

Mientras ella observaba el cielo, apenas podía distinguir unas pequeñas nubes casi imperceptibles, pero su experiencia navegando le indicaba que las circunstancias podían cambiar rápidamente. Sin protestar, volteó para indicarle a Arthur las nuevas indicaciones.⠀

Para cuando oscureció, aún no había rastros de la tormenta.⠀

Al comenzar a servirse la cena, Elizabeth parecía haber olvidado el asunto. Compartían la tienda de Edahi, utilizando la misma mesa en la cual Favre había propuesto el próximo destino para todos. El plato estaba compuesto de pescado asado y una sopa de verduras con trozos de carne del reptil capturado, al que el nativo llamaba Cipactli. Conversaban en voz alta, recapitulando los detalles de la expedición río arriba desplegada esa tarde.⠀

Elizabeth intervenía ocasionalmente, disfrutando la charla, le costaba recordar un momento en el que todos hubiesen compartido un ocasión grato como ese.⠀

Repentinamente, una corriente de viento se filtró por la entrada de al tienda. Al percibirla, todos quedaron en silencio. Favre recorrió el techo de la tienda con su mirada, como si estuviese buscando un sonido particular en el cielo.⠀

Dirigiéndose a Arthur dijo:—¿La nave se encuentra asegurada verdad?—⠀

—Yo mismo supervisé la tarea, amarrada y asegurada.— respondió él.⠀

Favre sabía que Arthur había cumplido su tarea, pero necesitaba alejar las malas ideas que merodeaban su mente.⠀

El galo caminó lentamente hacia la tienda y con su brazo corrió la lona de la abertura para mirar hacía el océano. El retiro se mecía plácidamente bajo el cielo nocturno, apenas era visible desde la costa. Antoine era consciente que la bahía ofrecía cierto reparo ante la tormenta, y que la nave aún no corría riesgos.⠀

—Esta tormenta me da mala espina.— dijo en tono dubitativo.⠀

—Creo que ha sido suficiente por hoy, la noche será algo agitada.— comentó Arthur,⠀

Todos asintieron y comenzaron a dirigirse hacia la entrada. Al salir al exterior, Elizabeth notó que el viento proveniente del mar era constante, sustancialmente mas frió y húmedo.⠀

Mientras caminaba a su tienda, un rayo cayó en el horizonte, justo sobre el mar a lo lejos. Pero a pesar de la distancia, irradió un destello revelando el cielo cubierto de nubes negras y densas, y la silueta del El Retiro sobre la bahía, meciéndose plácidamente.

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