Fragmento N°133

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Al oír la voz de su capitán, se reincorporaron súbitamente del letargo en el que se encontraban, haciendo trinar las municiones que llevaban en las alforjas.

Roger se acercó al grupo de marinos, en voz terminante dijo:—Prepárense, ustedes dos, conmigo.— Estrechó su mano y tomó uno de los mosquetes que descansaban sobre la pared, de un movimiento lo colgó por sobre su hombro en tanto una serie de sonidos y crujidos se sucedían en la oscuridad mientras los hombres revisaban sus pertrechos.

Hein continuaba observando por la ventana, oculto, manteniendo su cuerpo fuera de alcance de la luz que atravesaba el marco e impactaba sobre las maderas del suelo.

Oía con atención la conversación que los dos guardias mantenían en la calle, mientras un tercero hacía su ronda sobre el muro. Los dos sujetos bajo el umbral del portón conversaban distraídamente sobre el compañero extraviado, mientras el tercero iba y venía caminando sobre la muralla.

Roger interrumpió:—Señor, ¿Cuáles son sus ordenes?— Como si Roger pudiera verlo, Piet Hein alzó su mano en señal de silencio, mientras continuaba observando lo que sucedía debajo. Roger no necesitó ver a su capitán, el silencio le bastó para quedarse inmóvil, aguardando.

Hein observó detalladamente al guardia que aparentaba tener mayor rango, era algo regordete, de estatura promedio, ya entrado en años.

Pero un sonido casi imperceptible lo distrajo, similar al eco que se genera al golpear una pieza metálica, los dos sujetos debajo también se percataron del ruido ya que ambos detuvieron su charla.

Un movimiento extraño llamó la atención del holandés, al mirar rápidamente sobre el muro, no logró comprender porque el guardia que allí patrullaba se encontraba de rodillas, hasta que el sujeto giró al caer al suelo definitivamente, dejando ver el proyectil incrustado en su pectoral.

Al regresar la vista sobre la calle, se estremeció al ver como los sujetos bajo el portón eran abatidos por otras dos figuras.

Su sorpresa dio paso a la emoción, y una sonrisa demoníaca se dibujó en su rostro cuando pensó, «Son sus hombres, ese maldito escocés debe estar por aquí.»

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