Fragmento N°232

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Un grumete sostenía una sonda que pendía desde estribor, la cuerda se encontraba tensa ya que la plomada en su extremo aún no había tocado fondo. A las espaldas del marinero, se encontraba el oficial Jameson, aguardando el dictamen de la medición. Finalmente la cuerda se relajó al tomar contacto con el lecho del mar, y el marino se apresuró a contabilizar las marcas para calcular la profundidad. Luego de realizar el cálculo, volteó para dirigirse a su oficial:—Poco más que cincuenta pies.—⠀

Jameson complementó:—Diez menos que la marca anterior.—⠀

El grumete asintió y giró para realizar una nueva medición, Jameson buscó con la vista a Hein para reportarle la información obtenida. La cubierta era un hervidero de marinos ultimando los preparativos para entrar en combate, pero aún así pudo reconocer a su capitán junto a la escotilla principal.⠀

Al acercarse al holandés, Hein dijo:—¿Y bien?—⠀

El oficial tensó su cuerpo al responder, como si esperara un golpe o reprimenda en respuesta. Jameson dijo:—Poco más de cincuenta pies y disminuyendo capitán.—⠀

Piet Hein respondió, pero no fue de manera directa a su oficial, sino más bien una reflexión en voz alta:—Esa rata conoce estas aguas, por eso nos ha traído hasta aquí.—⠀

Hizo un pausa y quedó en silencio, en su mente reflexionaba:»Por algún motivo podemos navegar más rápido que ellos, por eso estuvimos acortando la distancia hasta el anochecer…»⠀

Hein dijo:—Oficial, ordene al timonel realizar un rodeo más amplio a la costa y valide constantemente el calado.—⠀

Jameson asintió diciendo:—Comprendido, personalmente verificaré que nunca sea menor a treinta pies capitán.—⠀

Si bien no realizó ningún comentario, Hein sabía que la decisión de Jameson era correcta, una profundidad inferior a treinta pies los pondría en riesgo inminente de encallar. Mientras continuaba reflexionando, dos marineros se asomaron por la escotilla portando unos rústicos baúles, con placer el holandés abrió uno de ellos.⠀

Era un cajón de madera cruda, sin pulir ni pintar, y en su interior algunas virutas que servían para evitar que su contenido se golpease. Con su mano, el holandés removió la viruta superficial y extrajo un tubo delgado con un cabo de madera sujeto a su base. Era una especie de proyectil, pero más estrecho y alargado, similar a la bengala que El Celta había utilizado contra ellos para alertar a su nave durante la escaramuza del establo.⠀

Observando el proyectil, Hein acercó su rostro para olfatear. Al sentir un claro olor sulfuroso, por dentro pensó:»No se han humedecido.»⠀

Observó a los dos marineros que portaban los dos cajones con bengalas y dijo:—Alístenlas sobre la proa, a mi señal las utilizaremos a discreción.—⠀

Ambos sujetos asintieron y se retiraron con los proyectiles en dirección a la proa. Mientras montaban las bengalas en sus bases, colocaban lámparas a lo largo del castillo para iluminar lo que estaba por delante de ellos.⠀

Lentamente una sonrisa se dibujó en el rostro de Hein. Disfrutaba la ironía de utilizar el mismo truco que El Celta había usado, pero esta vez para encontrarlo en la noche y acabar con él. Al dirigirse al alcázar, comenzó a reír copiosamente mientras el timonel y Jameson lo miraban atónitos.

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