Fragmento N°244

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Al abandonar el camarote de Gregor, Elizabeth se adentró en el corredor interno de la nave y quedó en completa soledad. Detrás de sí, Mnyma yacía junto a Edahi encerrados en el habitáculo del capitán, pero ella no tuvo demasiado tiempo para pensar en ellos. Una estruendo se oyó y la estructura de la embarcación crujió a su alrededor, haciendo rechinar las paredes del pasillo, provocando que los mamparos temblasen. ⠀

Al sentir los disparos de los cañones, Elizabeth comprendió que la amenaza era real, habían sido descubiertos y se enfrentarían de forma definitiva a la nave que la había acogido tanto tiempo. Su mente aún se debatía por dentro, tratando de resolver las ideas en conflicto que la atormentaban. Quedó allí, inmóvil, de pie en el corredor, mientras ideas, frases e imágenes atravesaban sus pensamientos, confundiendo sus sentidos. Un interrogante se presentaba reiterativamente en sus pensamientos:»¿Es mi padre?».⠀

A pesar de todo, la duda habitaba dentro de ella, y la acosaba en el momento menos oportuno, en la antesala de la batalla contra ese hombre. Nuevamente la nave se sacudió cuando las culebrinas de El Retiro realizaron una segunda descarga. Fue como si el estallido de los cañones la llamara, invitándola a acercarse, seduciéndola con cada detonación.⠀

Elizabeth avanzó algunos pasos y giró en el mamparo que daba a la galería de tiro. En cuanto giró, pudo observar el ajetreo de la cubierta de tiro, y si bien reinaba el caos, notó a simple vista que cada cuadrilla sostenía su posición y mantenía constantemente alimentados los cañones. El suelo se encontraba completamente cubierto de restos de pólvora desprendidos de cada detonación, hollín, manchones de sangre y numerosos fragmentos de madera desprendidos de cada impacto. Una voz capturó su atención.⠀

—Srta Hein, su asistencia no me vendría nada mal.— dijo Fausto.⠀

Elizabeth se percató que Fausto se encontraba asistiendo a otro marino en el suelo a su lado. Al enfocar su vista, pudo apreciar la herida en el abdomen del hombre, y como un objeto se encontraba incrustado allí. Ella se inclinó a su lado y dijo:—¿Qué debo hacer?—⠀

—En cuanto retire el trozo de madera, cubre la herida rápidamente.— indicó Fausto mientras con su vista señalaba un rollo pequeño de vendaje que se encontraba en el suelo junto al cuerpo inconsciente del marinero. Sin mediar palabra Fausto extrajo el fragmento, dándole apenas un instante a ella para tomar la venda y cubrir la herida. En cuanto Elizabeth colocó la tela sobre el cuerpo del marinero, esta se empapó inmediatamente en la sangre que emanaba copiosamente de la herida. Mientras sostenía la presión, Fausto tomó otro vendaje de mayor tamaño y rodeo el tórax del sujeto para contener su hemorragia. Luego tomó al sujeto por debajo de las axilas y lo arrastró unos pasos para depositarlo contra la pared. Mirando a Elizabeth dijo:—Deberá bastar para que pueda revisarlo con mayor detenimiento más tarde.—⠀

Ella asintió en silencio, mientras Fausto giraba y se dirigía al otro extremo de la cubierta, desde donde provenían gritos agonizantes de otro marinero.⠀

Luego la voz de Favre la ensordeció: —¡Sigamos machacando la proa de esa bonita nave!¡fuego!—⠀

Y esta vez el estruendo de los cañones a pocos pies de distancia la aturdió por completo. Al tratar de volver en sí , Elizbeth observó sus manos impregnadas de la sangre del sujeto que acababa de asistir y giró para encontrar a Favre en el caos de la galería de tiro.⠀

El galo se encontraba justo detrás de ella, tirando con todas su fuerzas del cordaje para colocar de nuevo el cañón en su posición.⠀

Ella se aproximó y alzando su voz dijo:—Parece que necesita ayuda, espero que no le moleste la asistencia de una dama.—⠀

No se sentía más aturdida, ni confundida. Al acercarse al cañón y tomar uno de los palanquines para ayudar a Favre, su mente se calmó. Una extraña sensación de emoción y adrenalina la invadían al manipular la batería, y eso era casi tan fuerte como el miedo que sentía por Piet Hein.⠀

Procesando…
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