Fragmento N°299

El Llamado del Ocaso

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Una corriente de viento soplaba desde estribor haciendo que el frío calara profundo en los huesos de todos los que estaban sobre la cubierta.

Cada vez que el casco golpeaba una ola, una fina llovizna caía sobre la nave, helando aún más las almas de los marineros que se encontraban manipulando los aparejos.

Favre ordenó virar, y lentamente se adentraron en el río James, abandonando el mar abierto.

A medida que El Retiro avanzaba a lo largo del canal, el viento fue amainando, y el oleaje disminuyó hasta que quedaron inmersos en la suave corriente del río.

Luego de varios minutos, rodearon el último recodo, e ingresaron al canal principal. A la distancia podía percibirse la silueta de la ciudad, semi oculta por el bosque y las colinas que la rodeaban.

Fue evidente que el frío era una sensación generalizada, ya que podían observarse numerosas chimeneas encendidas liberando humo desde las pequeñas casas.

Al aproximarse al puerto, encontraron varias naves de gran porte ancladas en las afueras, ya que el calado les impedía ingresar al muelle principal.

Entre dichas naves, Favre divisó un galeón ingles de la marina real, en cuyo mástil ondeaba la bandera de la corona flameando frenéticamente al compás del viento.

Al adentrarse aún más, numerosas embarcaciones de menor porte aparecieron, desde pequeños veleros hasta canoas, que conectaban las diferentes naves llevando suministros o transportando a sus tripulantes.

El galo dijo:—Maldita sea, creo que no siento los brazos.— mientras frotaba sus manos.

Arthur asintió mientras indicaba:—Parece ser que alguien viene a recibirnos.— señalando al extremo del muelle donde un sujeto destacaba por su porte y los observaba directamente.

Con ayuda de dos botes auxiliares, El Retiro se acopló plácidamente al muelle. Finalmente a pesar de todo lo ocurrido, habían llegado a Jamestown.

Favre dijo:—Bien, avancemos según lo acordado.—

Los días previos se habían abocado a definir con el mayor lujo de detalle posible todo lo que harían a continuación. Entre dichas tareas, se encontraba dejar en puerto sanos y salvos a todos aquellos tripulantes holandeses que quisieran seguir su rumbo.

En primera instancia, Favre junto con Elizabeth, habían invitado a todo aquel que quisiese, a formar parte de la tripulación de El Retiro. Esto era necesario para poder maniobrar la nave completamente mientras navegaban, pero también fue un gesto de buena fe para que los holandeses comenzaran a confiar en Elizabeth y los suyos.

Nadie fue obligado a responder de inmediato, pero a medida que se aproximaban a su destino, fue necesario conocer quiénes permanecerían a bordo, y quiénes seguirían su rumbo una vez que arribaran a Jamestown.

Para asombro de Elizabeth, el primero en decidir formar parte de El Retiro fue el oficial Jameson. Al oficial le siguieron la gran mayoría de sus hombres.

Al final de cuentas, solo tres sujetos manifestaron su deseo de continuar por su propia cuenta el resto del viaje.

Favre alzó la voz diciendo:—Indicarle al Sr Roos, Lievin y Gijs que ya pueden descender, que se preparen.—

Los tres holandeses emergieron de las cubiertas inferiores, con Roos a la cabeza.

Elizabeth se encontraba junto a la barandilla para despedirlos, dijo:—Les deseo mejor fortuna de ahora en más, espero puedan regresar pronto con sus familias. Confío en que esto pueda ayudar a que todo sea más fácil a partir de aquí.—

Ella extendió su mano para entregarle un pequeño saco con algunas monedas de plata.

Roos sonrió y dió un paso adelante para abrazarla. El abrazo tomó por sorpresa a Elizabeth pero ella no se resistió. Mientras la estrujaba con sus brazos, él dijo:—Ohh gracias, estamos en deuda con usted y el oficial Jameson. Jamás podremos agradecerles lo suficiente por el buen trato, pero somos hombres que extrañan a sus familias, deseo con ansias regresar a Róterdam para besar a mi esposa e hijos.—

Jameson no recordaba que Roos tuviese familia, pero nunca le había agradado el sujeto, y estaba conforme con librarse de él.

Luego de despedirse y arrojar alabanzas de agradecimiento, los tres holandeses descendieron y comenzaron a caminar por el muelle alejándose.

Roos echó un vistazo hacia atrás, al ver que se encontraban lejos dijo:—Ahora, primero tomemos una cerveza con el dinero que nos ha dado esa ramera, luego buscaremos una nave que nos regrese a Róterdam —

Los tres sonrieron y caminaron en busca de la taberna más cercana, pero lo que generalmente había despertado el júbilo de Roos era la idea que se incubaba en su mente, por dentro pensaba; «Presiento que al hijo del almirante Hein le interesará conocer nuestra historia, aunque no estoy del todo seguro cuál será su reacción cuando sepa que su propia hermana fue quien mató a su padre.»

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2 comentarios sobre “Fragmento N°299

  1. ella no quedo embarazada de aidan ?? uff quiero saber como sigue ;D me encanta la historia y confio en su autor pero como mujer que soy no pude evitar enamorarme de su capitan je

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