Fragmento N°301

El Filo del Tiempo

Este fragmento es el inicio de la segunda parte de la historia, titulada: El Filo del Tiempo

Lee El Llamado del Ocaso desde el Fragmento N°1

El invierno había sido más duro de lo previsto, en gran parte a causa de que la mayoría de los tripulantes estaban completamente acostumbrados al mar ecuatorial y sus temperaturas, pero por otro lado, muchos se encontraban al borde de su esfuerzo físico y mental.

Las cosas no habían sido mejores para Elizabeth, a medida que las temperaturas descendían y su embarazo avanzaba, cada vez podía colaborar menos en las tareas del grupo. Provocándole un gran malestar y sensación de «carga» para el resto del equipo.

Habían rentado un depósito de suministros en las cercanías del puerto, con algo de dedicación lo habían acondicionado para que dispusiera de algunas literas que permitiera a algunos marineros dormir allí, evitando que todos debieran dormir en El Retiro.

A su vez, con mamparos de madera, habían confeccionado una habitación que le daba cierta intimidad a ella, previendo que en cuanto diera a luz, necesitaría ciertas comodidades a las que los demás hombres no estaban acostumbrados.

Por fuera de eso, el resto del almacén servía como base de operaciones para las actividades que realizaban mientras aguardaban una oportunidad que les permitiera ganarse una buena paga, mientras mantenían el perfil bajo.

Durante el crudo invierno, Favre había entablado relación con un comerciante local de Jamestown que se mostró dispuesto a aceptar mercancía de contrabando para enviar a Londres. Por ese motivo, mientras Elizabeth se encontraba recluida en el almacén, el galo junto con Arthur, Edahi, Jameson y el resto de los hombres realizaban una serie de incursiones río arriba, buscando comercializar con las tribus salvajes.

El contacto comercial de Antoine, aceptaba pieles de contrabando siempre y cuando el precio fuese sustancialmente menor al que le ofrecían sus compatriotas ingleses. Esto les generaba un ridículo margen de ganancia al grupo, pero era una actividad que podían realizar con un perfil bajo, sin la necesidad de lanzarse a mar abierto.

En algunas ocasiones, Favre fue consultado para realizar alguna tarea de mayor relevancia. Generalmente misiones de transporte o custodia de algún navío de jerarquía.  El Retiro era un galeón de proporciones modestas, pero con una gran bodega casi vacía, y numerosos cañones capaz de ahuyentar a la mayoría de los piratas.

Pero en cada ocasión, el galo se rehusó a dichas propuestas excusándose de varias maneras. En realidad, no le agradaba la idea de alejarse de Elizabeth hasta que ella hubiese dado a luz.

Una tarde de principios de mayo, Favre regresaba luego de regatear con su contacto comercial, había cedido bastante para entregarle a ese viejo tacaño un cargamento de sus últimas pieles obtenidas en uno de sus viajes río arriba.

Cada vez debía bajar más su precio para lograr vender sus mercancías. Al tratarse de comercio de contrabando debía aceptar las condiciones del comprador, ya que de lo contrario no tendría a quien venderselas.

Al girar la calle para dirigirse al depósito junto al puerto, encendió su pipa. En cuanto sacó las manos de sus bolsillos para encenderla, notó el frío en sus manos, pero por dentro pensó: «poco a poco comienza a hacer más calor».

Se posó ante la puerta antes de ingresar e inhaló una gran bocanada de tabaco. El umbral ante él estaba descuidado y despintado, pero no tenían ni el dinero ni el tiempo para acondicionar mejor el almacén.

Al ingresar, inmediatamente notó mucho alboroto en su interior. Se escuchaban voces provenientes de varios rincones y un ajetreo generalizado se expandía por todo el lugar.

En uno de los extremos, la figura de Mnyma apareció cargando una fuente con agua tibia.

—⁣¿Qué ocurre?—⁣ preguntó Favre.

El niño sonrió con todo su esplendor, mostrando sus dientes blancos y cuadrados:—⁣Es ahora, parece ser que la Srta Hein dará a luz.—⁣

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

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