Fragmento N°309

El Filo del Tiempo

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Las primeras semanas fueron algo confusas para Elizabeth, por momentos transitando el caos de una madre primeriza con mellizos, pero en algunas ocasiones la invadía la soledad y monotonía de su aislamiento.

Las indicaciones de Fausto implicaban un estricto reposo en su litera, las heridas del parto preocupaban al médico, y este regresaba cada mañana para examinarla.

Mientras tanto, ella procuraba cuidar de los pequeños y aprender constantemente de su labor como madre. Para esta tarea no se encontraba completamente sola, ya que Mnyma, junto a Arthur y los demás tripulantes, se mostraban a gusto cada vez que debían colaborar en cualquier tarea que implicara pasar unos minutos con Victoria o Edward.

A los pocos días de dar a luz, Favre debió partir río arriba en una nueva incursión comercial, adentrándose en el territorio de los nativos. Antes de partir, el galo cumplió su promesa, e hizo descender de El Retiro un número considerable de libros, pergaminos, anotaciones y documentos que formaban parte de las posesiones personales de Gregor.

La primera semana fue muy agitada para ella, ya que ninguno de los mellizos dormía mas que unas pocas horas. En la mayoría de las ocasiones, una vez alimentados, volvían a dormir plácidamente. Pero Elizabeth comenzó a conocer con mayor profundidad el comportamiento de cada uno de los pequeños. Victoria, más taciturna y calmada, Edward algo imprevisible y obstinado.

Solo después de las primeras dos semanas, Elizabeth pudo comprender con mayor profundidad la personalidad de cada uno, aprendiendo como influir en sus temperamentos, logrando obtener más tiempo para sí misma. Fue allí cuando pudo comenzar a husmear las anotaciones personales de Greg.

Comenzó leyendo un pequeño libro. Su tapa dura estaba desgastada considerablemente, deshilachándose en los bordes y extremos. Tanto el lomo como la tapa del libro se encontraban en blanco, sin ningún tipo de anotación o aclaración. Al abrirlo, pudo notar que el papel se encontraba notoriamente gastado y amarillento, evidenciando la antigüedad del manuscrito.

La primera página, contenía un trazo irregular y algunos manchones de tinta sobre el borde inferior izquierdo, como si alguien hubiese testeado la pluma antes de comenzar a escribir.

Elizabeth iba a girar la página pero se percató que la contratapa contenía una inscripción sobre uno de los márgenes. La caligrafía era clara y prolija, pero los años habían provocado que la tinta fuese absorbida progresivamente por la contratapa, y ahora era apenas visible. El texto era muy breve, contenía las palabras: «solo cenizas y polvo».

Ella se detuvo algunos segundos leyéndolas lentamente, por dentro repetía «solo cenizas y polvo», mientras sus labios se movían pausadamente, emulando el sonido de esas palabras. Tardó un instante en reconocer el motivo por el cual esas letras sonaban familiares.

Al volver a leerlas, esta vez en voz baja dijo:—…𝘴𝘰𝘭𝘶𝘮 𝘤𝘪𝘯𝘦𝘳𝘦 𝘦𝘵 𝘱𝘶𝘭𝘷𝘶𝘴…— mientras recorría la inscripción con su vista.

No logró reconocer rápidamente el origen, ya que la primera vez que leyó esa frase había sido en latín, grabadas sobre la lápida de Gregor. Y había sido Edahi quien intentó traducirlas para ella.

Giró la página y se encontró con un pequeño párrafo, esta vez bastante más claro y legible que la inscripción anterior.

En el centro de la hoja, comenzaba: «𝘓𝘢 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘤𝘶𝘦𝘴𝘵𝘪ó𝘯 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘱𝘦𝘤𝘵𝘪𝘷𝘢𝘴, 𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘰𝘫𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘯𝘦𝘴 𝘮𝘦 𝘷𝘦𝘯, 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘧𝘪𝘯. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘮í, 𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘯𝘰 𝘦𝘴 𝘮á𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘤𝘰𝘮𝘪𝘦𝘯𝘻𝘰. 𝘌𝘯 𝘶𝘯𝘢𝘴 𝘩𝘰𝘳𝘢𝘴, 𝘮𝘪 ú𝘭𝘵𝘪𝘮𝘰 𝘴𝘶𝘴𝘱𝘪𝘳𝘰 𝘴𝘦 𝘦𝘷𝘢𝘱𝘰𝘳𝘢𝘳á 𝘥𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰, 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭𝘭𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘮𝘢𝘯𝘪𝘧𝘪𝘦𝘴𝘵𝘰, 𝘮𝘪 ú𝘭𝘵𝘪𝘮𝘢 𝘷𝘰𝘭𝘶𝘯𝘵𝘢𝘥, 𝘮𝘪 𝘦𝘹𝘱𝘳𝘦𝘴𝘪ó𝘯 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭 𝘥𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘰».

Luego, con un pequeño espacio una firma indicaba: «𝘌𝘥𝘸𝘢𝘳𝘥 𝘍𝘳𝘢𝘯𝘤𝘪𝘴 𝘎𝘳𝘦𝘨𝘰𝘳«.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

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