Fragmento N°310

El Filo del Tiempo

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Ella leyó nuevamente las líneas que se encontraban ante sus ojos. Las palabras sonaban extremadamente profundas, repasó una vez más ese pequeño párrafo antes de continuar. 

Al girar la página, el mismo trazo delicado y prolijo comenzaba junto al margen diciendo:

«𝘌𝘭 𝘥𝘦𝘴𝘵𝘪𝘯𝘰 𝘦𝘴 𝘢𝘭𝘨𝘰 𝘤𝘢𝘱𝘳𝘪𝘤𝘩𝘰𝘴𝘰, 𝘯𝘰 𝘦𝘴 𝘱𝘰𝘴𝘪𝘣𝘭𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘰𝘭𝘢𝘳𝘭𝘰, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘪𝘯 𝘦𝘮𝘣𝘢𝘳𝘨𝘰 𝘯𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘮𝘶𝘦𝘴𝘵𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢𝘴 𝘢𝘤𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘻𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦𝘯 𝘶𝘯 𝘪𝘮𝘱𝘢𝘤𝘵𝘰 𝘯𝘰𝘵𝘢𝘣𝘭𝘦 𝘦𝘯 𝘯𝘶𝘦𝘴𝘵𝘳𝘰 𝘧𝘶𝘵𝘶𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘮𝘦𝘯𝘰𝘴 𝘢𝘴í 𝘭𝘰 𝘱𝘦𝘳𝘤𝘪𝘣𝘰, 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰 𝘢𝘨𝘶𝘢𝘳𝘥𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘮𝘪 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘢𝘱𝘦𝘴𝘵𝘰𝘴𝘢 𝘤𝘦𝘭𝘥𝘢.»

Un ruido llamó la atención de Elizabeth, al girar observó que el pequeño Edward refregaba su rostro con sus pequeñas manos mientras emitía leves sonidos. Luego de girar y acomodarse, el niño siguió durmiendo. Para su fortuna, Victoria permanecía inmutable a los movimientos de su hermano.

Al observar al pequeño, por primera tomó la real dimensión del nombre que llevaba, en quien estaba inspirado, y que pronto conocería más sobre él.

Prosiguió con el siguiente párrafo:

«𝘛𝘰𝘥𝘰 𝘩𝘢 𝘴𝘶𝘤𝘦𝘥𝘪𝘥𝘰 𝘵𝘢𝘯 𝘳á𝘱𝘪𝘥𝘰 𝘺 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘯𝘦𝘳𝘢 𝘵𝘢𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘱𝘳𝘦𝘷𝘪𝘴𝘪𝘣𝘭𝘦, 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘤𝘶𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘩𝘪𝘭𝘢𝘳 𝘭𝘰𝘴 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘭𝘭𝘦𝘷𝘢𝘳𝘰𝘯 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘢𝘲𝘶í. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘦𝘯 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴 𝘱𝘳𝘰𝘣𝘢𝘣𝘭𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘯𝘰 𝘴𝘦𝘢 𝘳𝘦𝘷𝘦𝘭𝘢𝘥𝘢, 𝘮𝘦 𝘷𝘦𝘰 𝘰𝘣𝘭𝘪𝘨𝘢𝘥𝘰 𝘢 𝘶𝘵𝘪𝘭𝘪𝘻𝘢𝘳 𝘮𝘪𝘴 ú𝘭𝘵𝘪𝘮𝘰𝘴 𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘰𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘢𝘳 𝘭𝘰 𝘰𝘤𝘶𝘳𝘳𝘪𝘥𝘰.  𝘛𝘢𝘭 𝘷𝘦𝘻 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘱𝘢𝘭𝘢𝘣𝘳𝘢𝘴 𝘵𝘢𝘮𝘣𝘪é𝘯 𝘴𝘦𝘢𝘯 𝘰𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘥𝘢𝘴 𝘺 𝘫𝘢𝘮á𝘴 𝘷𝘦𝘢𝘯 𝘭𝘢 𝘭𝘶𝘻, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘮𝘦 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘧𝘰𝘳𝘵𝘢 𝘦𝘭 𝘮𝘰𝘷𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘱𝘭𝘶𝘮𝘢 𝘦𝘯 𝘮𝘪𝘴 𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴, 𝘺 𝘭𝘢 𝘤𝘭𝘢𝘳𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭𝘭𝘰 𝘮𝘦 𝘣𝘳𝘪𝘯𝘥𝘢, 𝘥𝘦 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦 𝘢𝘱𝘳𝘰𝘹𝘪𝘮𝘢.»

Un nudo en la garganta de Elizabeth le impidió continuar, su mente imaginaba vívidamente la escena que se estaba dando en un oscuro calabozo, en alguna parte del mundo, hace ya varios años. Mientras una pobre alma aguardaba su destino.

El texto continuaba:

«𝘌𝘭 𝘪𝘯𝘪𝘤𝘪𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘧𝘪𝘯 𝘧𝘶𝘦 𝘤𝘢𝘴𝘪 𝘱𝘰𝘳 𝘤𝘢𝘴𝘶𝘢𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥, 𝘴𝘪 𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘤𝘢𝘴𝘶𝘢𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘦. 𝘜𝘯 𝘢𝘤𝘵𝘰 𝘧𝘰𝘳𝘵𝘶𝘪𝘵𝘰, 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰𝘴 𝘤𝘰𝘭𝘰𝘤ó 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘭𝘶𝘨𝘢𝘳 𝘪𝘯𝘤𝘰𝘳𝘳𝘦𝘤𝘵𝘰, 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘪𝘯𝘤𝘰𝘳𝘳𝘦𝘤𝘵𝘰, 𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘴 𝘪𝘯𝘤𝘰𝘳𝘳𝘦𝘤𝘵𝘢𝘴. 𝘚𝘰𝘭𝘰 𝘮𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘦𝘭 𝘩𝘦𝘤𝘩𝘰 𝘥𝘦 𝘲𝘶é 𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮á𝘴 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘢 𝘴𝘢𝘭𝘷𝘰, 𝘭𝘦𝘫𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘦𝘤𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘰𝘤𝘶𝘳𝘳𝘪𝘳á, 𝘢𝘭 𝘳𝘦𝘴𝘨𝘶𝘢𝘳𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘵𝘳𝘢𝘪𝘤𝘪ó𝘯 𝘺 𝘭𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘦 𝘱𝘳𝘦𝘴𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢𝘥𝘰.»

Esta vez sin dudarlo, Elizabeth giró la página para proseguir, algo en su interior la alimentaba a continuar, como si entre esas páginas se encontraran las respuestas que ella buscaba:

«𝘓𝘢 𝘭𝘶𝘯𝘢 𝘴𝘦 𝘧𝘪𝘭𝘵𝘳𝘢 𝘭𝘦𝘷𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘥𝘪𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘢 𝘷𝘦𝘯𝘵𝘢𝘯𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘢 𝘷𝘢𝘳𝘪𝘰𝘴 𝘤𝘶𝘦𝘳𝘱𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘭𝘵𝘶𝘳𝘢 𝘥𝘦𝘭 𝘴𝘶𝘦𝘭𝘰 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘤𝘦𝘭𝘥𝘢. 𝘘𝘶𝘪𝘴𝘪𝘦𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘳 𝘭𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘳𝘦𝘭𝘭𝘢𝘴 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘵𝘪𝘳, 𝘦𝘴𝘢 𝘩𝘶𝘣𝘪𝘦𝘴𝘦 𝘴𝘪𝘥𝘰 𝘮𝘪 ú𝘭𝘵𝘪𝘮𝘢 𝘷𝘰𝘭𝘶𝘯𝘵𝘢𝘥, 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘰 𝘷𝘦𝘳 𝘦𝘭 𝘧𝘪𝘳𝘮𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘦. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘴é 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘱𝘰𝘥𝘳é 𝘴𝘢𝘭𝘪𝘳 𝘶𝘯𝘢 𝘷𝘦𝘻 𝘲𝘶𝘦 𝘢𝘮𝘢𝘯𝘦𝘻𝘤𝘢 𝘺 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘦𝘴𝘦 𝘦𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘯𝘰 𝘴𝘦𝘳á 𝘵𝘢𝘯 𝘱𝘪𝘯𝘵𝘰𝘳𝘦𝘴𝘤𝘢.

𝘌𝘯 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘵𝘰 𝘦𝘭 𝘴𝘰𝘭 𝘴𝘢𝘭𝘨𝘢, 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘩𝘢𝘣𝘳á 𝘲𝘶é 𝘩𝘢𝘤𝘦𝘳, 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘮𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘶𝘦𝘭𝘢 𝘴𝘢𝘣𝘦𝘳 𝘵𝘦 𝘢𝘭𝘦𝘫𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘈𝘪𝘥𝘢𝘯. 𝘕𝘰 𝘮𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘴, 𝘫𝘢𝘮á𝘴 𝘮𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘳á𝘴. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘱𝘰𝘥𝘳é 𝘳𝘦𝘨𝘢ñ𝘢𝘳𝘵𝘦 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘶𝘴 𝘵𝘳𝘢𝘷𝘦𝘴𝘶𝘳𝘢𝘴, 𝘵𝘶 𝘫𝘢𝘮á𝘴 𝘱𝘰𝘥𝘳á𝘴 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘵𝘢𝘳𝘮𝘦 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦 𝘢 𝘤𝘢𝘶𝘴𝘢 𝘥𝘦 𝘵𝘶𝘴 𝘱𝘦𝘴𝘢𝘥𝘪𝘭𝘭𝘢𝘴. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘦𝘯 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘵𝘰 𝘭𝘦𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘰, 𝘴𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳á𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘰𝘺 𝘢 𝘵𝘶 𝘭𝘢𝘥𝘰, 𝘺 𝘮𝘦 𝘷𝘦𝘳á𝘴 𝘢𝘭𝘭í 𝘦𝘯 𝘭𝘰 𝘢𝘭𝘵𝘰, 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘷𝘦𝘻 𝘲𝘶𝘦 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘢𝘴 𝘷𝘦𝘳 𝘦𝘭 𝘧𝘪𝘳𝘮𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰.» 

En su cabeza, Elizabeth elaboraba demasiadas preguntas como para poder organizarlas y priorizar cuáles eran las más urgentes de encontrar respuesta. Pero su sed de conocer la historia que se encontraba en sus manos aplacaba cualquier ansiedad. Siguió leyendo:

«𝘕𝘪 𝘴𝘪𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘢 𝘩𝘦 𝘵𝘦𝘯𝘪𝘥𝘰 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳 𝘤𝘢𝘭𝘤𝘶𝘭𝘢𝘳 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘵𝘢𝘴 𝘱á𝘨𝘪𝘯𝘢𝘴 𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦 𝘦𝘭 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘰 𝘭𝘪𝘣𝘳𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘩𝘢𝘯 𝘥𝘢𝘥𝘰, 𝘵𝘢𝘭 𝘷𝘦𝘻 𝘮𝘪 𝘮𝘢𝘺𝘰𝘳 𝘮𝘪𝘦𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰, 𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘴𝘦𝘢𝘯 𝘪𝘯𝘴𝘶𝘧𝘪𝘤𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦𝘴.

𝘌𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢 𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘢𝘴 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴. 𝘌𝘴 𝘭𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘨𝘶𝘴𝘵𝘢𝘳í𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯𝘨𝘢𝘴 𝘱𝘳𝘦𝘴𝘦𝘯𝘵𝘦, 𝘭𝘢𝘴 𝘢𝘯é𝘤𝘥𝘰𝘵𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘫𝘢𝘮á𝘴 𝘱𝘰𝘥𝘳é 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘢𝘳𝘵𝘦, 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘴𝘪ó𝘯 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘱𝘰𝘥𝘳á𝘴 𝘢𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘢𝘳. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘢𝘴 𝘭𝘢𝘴 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴, 𝘦𝘴 𝘭𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘣𝘦𝘳á𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘳𝘥𝘢𝘳, 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘭𝘢 𝘯𝘢𝘵𝘶𝘳𝘢𝘭𝘦𝘻𝘢 𝘥𝘦𝘭 𝘩𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦, 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘦𝘭 𝘦𝘯𝘨𝘢ñ𝘰, 𝘺 𝘥𝘦 𝘤ó𝘮𝘰 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘯𝘢𝘴 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘢𝘴 𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦𝘯 𝘮𝘢𝘺𝘰𝘳 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘪𝘭 𝘤𝘢ñ𝘰𝘯𝘦𝘴.

𝘓𝘰𝘴 𝘮𝘢𝘯𝘶𝘴𝘤𝘳𝘪𝘵𝘰𝘴 𝘵𝘢𝘭 𝘷𝘦𝘻 𝘯𝘢𝘳𝘳𝘦𝘯 𝘥𝘦 𝘮í 𝘶𝘯𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘴𝘪ó𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘱𝘰é𝘵𝘪𝘤𝘢, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘮𝘦 𝘪𝘮𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢 𝘴𝘪 𝘭𝘰𝘨𝘳𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘶 𝘈𝘪𝘥𝘢𝘯, 𝘴𝘦𝘱𝘢𝘴 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥.»

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

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