Fragmento N°60

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Piet Hein había estudiado sus movimientos cuidadosamente, luego de indagar sus cartas de navegación exhaustivamente, había tomado la decisión de cual sería el rumbo que tomarían para llegar hasta Tortuga.

La elección se basaba en algunas conclusiones a las cuales el holandés había arribado.

Era claro que El Celta no disponía de los recursos necesarios y que por el testimonio arrojado por el marinero Coise en el interrogatorio, había sufrido numerosas bajas durante el altercado con los nativos.

A su vez, la ruta a Tortuga la haría por el borde exterior de las Antillas, si bien el camino era más largo, esta ruta evitaba la mayor concentración de navíos españoles que conocían el precio de la cabeza de Aidan Gregor.

Por lo cual, Hien decidió arriesgarse, y adentrarse en los recodos insulares para realizar una ruta más corta. Su proyección le indicaba que llegarían al menos un día antes a la guarnición de la isla.

Y en ese momento se encontraba discutiendo dicho asunto con sus oficiales:— Es crucial que logremos nuestro cometido con el mayor de los sigilos, si queremos rescatar a mi Elizabeth.— dijo Hein.

Uno de los oficiales habló:— Es lógico pensar que desembarcarán en la isla para aprovisionarse. Cuando parte de sus hombres estén en tierra puede ser nuestro momento.— Hein observó el mapa desplegado ante si y se dirigió a uno de sus oficiales:—Roger, ese tabernero de la parte baja de la ciudad, no recuerdo el nombre de ese antro, ¿aún es tu amigo?—

Roger era un hombre robusto y tosco, de cabello rojizo y pecas en su rostro, tenía una talla de al menos dos cabezas más que cualquier marinero de El Mercurio. Roger respondió con su voz áspera y tajante: — Ese buitre es amigo de cualquiera que tenga algunos cuantos florines en su bolsillo. Y su madriguera se llama “La Barracuda”—

Hein rió y dijo: — ¡Que afortunado!, nuestras arcas rebosan de ellos. Confío en que podrá colaborar a nuestra causa.—

Un oficial joven consultó extrañado:—Una vez que tomemos la nave, ¿entregaremos a El Celta y pediremos la recompensa?—

Hein respondió:—Mi recompensa, será escucharlo gemir, cuando corte su cuello.—

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