Fragmento N°9

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Así las cosas, decidió sostener esa imagen de pirata sanguinario por unos minutos más, fue por ese motivo que decidió mantener los grilletes. También le pidió al contramaestre Favre que agregara algunos detalles al montaje de la escena. Habían colocado una cuerda pendiendo de una de las gavias, simulando una horca, a la espera de una víctima. Sobre la borda habían dispuesto a los más fieros hombres de la tripulación, armados con pistolas y alfanjes.

Entre ellos estaba el somalí Umbukeli, era un hombre espectral, en casi todo el sentido de la palabra, de piel negra como una pantera, y músculos tallados como la madera misma de la cubierta, su mirada fría e inquietante infligían respeto. Su servicio en El Retiro databa desde joven, su padre lo había rescatado de un barco negrero portugués, al cual habían asaltado hacía ya muchos años. En ese entonces Umbukeli no tendría más de 10 años, su historia no era conocida, su español era poco o nulo, pero sin embargo no era necesario traducir ninguna orden, su mirada parecía tener el nivel de comprensión de un escriba, es por eso que su padre lo nombró Umbukeli, que en zulú significa algo así como «el que observa».

Cerrando la guardia en el extremo opuesto estaba Edahi, mitad nativo mitad español, procedía de algún lugar lejano e incierto tierra adentro, más allá de las Antillas insulares. Era una contraposición casi elocuente del somalí. Considerablemente más pequeño y pálido que Umbukeli, denostaba fragilidad, su postura era encorvada, y la forma en la que posaba su cuerpo generaba la ilusión de que sus extremidades no eran proporcionales. Cuando Greg conoció al nativo, jamás pensó que un hombre podría ser tan ágil, más aún teniendo en cuenta su apariencia. Tenía su apodo bien ganado, ya que Edahi, era el dios Azteca del viento.

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